Vigencia del libro impreso – Nuestra Comunidad Página 13

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“Algunos años atrás, no pocos intelectuales posmodernos y editores mareados por el vértigo de Internet en los mercados, presagiaron con una convicción fulminante lo que hubiera sido un desastre espantoso: la muerte del libro impreso. Aducían que en la era digital el libro de papel era una especie en extinción que acabaría muerto y enterrado en las bibliotecas del pasado, pues los lectores emigrarían de manera masiva a la pantalla del ordenador.

Ya había nacido, se decía, el lector electrónico de los libros electrónicos de la biblioteca electrónica mundial. El disco duro, argumentaban, es capaz de albergar en su memoria prodigiosa una biblioteca respetable para la formación de un hombre promedio, con la conveniencia de que sería impoluta, porque estaría a salvo de los fastidios del polvo, e imperecedera porque la virtualidad mantendría su buena salud más allá de los 70 años regulares en que los estropicios del tiempo tardan en masticarse el papel y la tinta de un libro común.

Pero las cosas no ocurrieron de acuerdo con esas previsiones fatales. Y no ocurrieron así por dos motivos fundamentales: porque el público no se hincó a adorar la novedad de los libros electrónicos, y porque después de la fiesta grande de Internet en la Bolsa, quedaron muchos platos rotos y montones de papel basura en los bolsillos de los inversionistas.

El empuje de los e-books se ha eclipsado ahora para bien de los que amamos el olor de la tinta impresa y del papel crujiente, y nos entretenemos pasando morosamente las hojas y las horas con un buen título que nos hará distintos para siempre, mejores o simplemente distintos. Los e-books se sumarán también a la cultura y habrá quien los devore con la cuchara grande y con el gusto soso de leer sin tocar. Pero la vigencia del libro impreso está fuera de cuestión.

Hay pocas creaciones humanas tan generosas como un libro, y de tal eficiencia y perfección. Uno puede leer en la cama, en el autobús, en el terror de las salas de espera de los dentistas y hasta en el trono de los apremios impostergables. Y el instrumento puede transportarse de un lado a otro y destriparse en sus sentidos, incluso en la mítica isla desierta, pues para echarlo a andar no se requiere más que el cable a tierra de nuestra atención e interés por el contenido.

El novelista y semiólogo Umberto Eco ha salido al paso de quienes pregonan la muerte del libro impreso, y ha dicho que ese objeto de nuestra cultura como el cinturón o el cuchillo es de tal perfección que no admite modificaciones mayores.
Esta historia que comenzó hace 7 mil años en el antiguo Egipto y que ha seguido multiplicándose desde los tiempos de Gutenberg, tiene por fortuna un largo porvenir. Lo que falta son lectores, pero esa es otra historia que todos podemos ayudar a revertir.”

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